La Sirenita (y el Desastre Acuático con Patas de Pollo)
Había una vez, en lo más profundo del océano (donde los peces son chismosos y las algas hacen yoga), una sirenita llamada Ariel. Pero no era una sirenita cualquiera. No, no, NO. ¡Ariel era un torbellino de enredos y caos! Sus amigos la llamaban "La Sirenita Desastre" porque, donde ella iba, las cosas se torcían más rápido que un calamar en patines.
Ariel tenía un sueño. No era uno de esos sueños normales como tener un millón de conchas doradas o cantar mejor que una ballena (que, por cierto, son TERRIBLES cantantes). Su sueño era... ¡tener piernas humanas! ¿Para qué? Ni idea, pero ella pensaba que sería genial, como tener dos colas pero más incómodas.
Un día, mientras nadaba en círculos (porque el GPS de los peces es muy malo), Ariel se encontró con Úrsula, la Bruja del Mar. Ahora, Úrsula no era la típica bruja malvada de los cuentos. Era más como esa tía rara que siempre trae pasteles de gelatina extraños a las fiestas y te mira como si supiera que te comiste el último trozo. Sospechosa.
—¡Hola, Ariel! —dijo Úrsula, con una sonrisa que daba miedo, como si acabara de comprar algo ridículamente caro con la tarjeta de tu papá—. ¿Quieres piernas, eh? ¡Puedo arreglarlo!
Ariel, siendo la sirenita más despistada del océano, dijo:
—¡Claro que sí! ¿Qué puede salir mal?
TODO, Ariel. TODO puede salir mal.
Úrsula agitó sus tentáculos, murmuró algo como "abracadabra" pero más pegajoso, y ¡BAM! Ariel tuvo piernas. Pero no cualquier tipo de piernas... ¡Eran patas de pollo! Sí, lo leíste bien. Patas de pollo gigantes, crujientes y listas para freír.
—¡¿QUÉEEE?! —gritó Ariel, tratando de caminar y pareciendo más un pavo a punto de volar que una sirena mágica.
—Ups... —dijo Úrsula, con la misma cara que pones cuando te olvidas de ponerle azúcar a tu café—. Creo que me equivoqué.
Ariel estaba enloquecida. Las patas de pollo eran una pesadilla, y caminar en la tierra era como intentar correr en un trampolín cubierto de mantequilla. ¡Desastre total!
Pero Ariel no se dio por vencida. Con sus nuevas patas de pollo, tropezó y rodó hasta el castillo del príncipe Eric, que estaba ocupado siendo increíblemente aburrido y pensando en... bueno, probablemente en su cabello perfecto o algo así.
—¡Hola, príncipe! —dijo Ariel, cayendo de cara en su alfombra mientras las patas de pollo se agitaban descontroladamente en el aire—. ¿Qué tal?
Eric, confundido pero fascinado (porque, sinceramente, ¿quién no estaría fascinado por una sirena con patas de pollo?), dijo:
—¡Eh... hola! ¿Qué... qué eres?
—¡Soy Ariel, la sirena que siempre soñó con patas! —respondió ella, sin tener idea de lo que estaba diciendo pero sonando increíblemente segura de sí misma.
Y, así, entre un lío de plumas y carcajadas, Ariel se dio cuenta de algo importante. No necesitaba piernas (ni patas de pollo, honestamente). Lo que realmente necesitaba era aceptarse tal como era: una sirena loca, divertida, y un poquito torpe, pero única en su especie.
Moraleja: No confíes en las brujas del mar que hacen ofertas sospechosas. Y si alguna vez terminas con patas de pollo, ¡aprende a bailar con ellas! Porque, a fin de cuentas, ser uno mismo es más divertido que intentar ser otra cosa.
¡Y así, Ariel vivió felizmente chapoteando por el océano, libre de patas crujientes y llena de aventuras ridículas!
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